
A la salida de un restaurante, el grupo de personas con el que iba y yo, hemos tenido la desgracia de asistir a ver cómo un padre iba directo a pegar a una madre a ojos de su hija y cómo ésta se interponía entre medias para evitar los golpes. Mis compañeros han salido corriendo a frenar la situación mientras yo agarraba el móvil y llamaba al 112.
Acto seguido, dos patrullas de la policía nacional me hacían declarar en una calle mojada, con una niña en estado de crisis de ansiedad, una madre desorientada y un hombre completamente fuera de sí.
No me ha resultado tan estremecedor el ver cómo el hombre levantaba la mano y cerraba el puño sino el desprecio tan absoluto y radical con que trataba a esa mujer y el estado crítico nervioso de una niña que no llegaba a los 18 años. Los insultos, palabras sobrecogedoras, amenazas, golpes en los capots de los coches y gritos de una niña que pedía por favor a su madre que se fuera corriendo sinceramente estremecían el corazón a cualquiera. Mientras, su padre, agarrándola del brazo intentaba meterla en su coche para apartarla de su madre.
Puedo aseguraros que la sensación que he tenido al ver cómo el hombre me miraba a los ojos mientras yo estaba declarando ha sido indescriptible. Odio, furia, rabia, desorden... ese hombre me taladraba con la mirada. Y he de reconocer que he sentido miedo por su reacción pero hay sucesos que no se pueden permitir.
Y yo me pregunto... ¿Qué hubiese ocurrido si no hubiésemos estado ahí?