
El corazón humano es profundamente misterioso. Lo que hoy nos da, puede que mañana nos lo quite. Y lo peor de todo, es tremendamente frágil.
Asimismo, el corazón parece vivir en una insatisfacción permanente, en una clara resignación parcial. Y sin embargo, para personas como yo, el amor es el eje rotatorio de su vida. Sin él, todo se para.
Somos esclavos de nuestro corazón. Con extraña armonía va trazando sigilosamente la historia de nuestra vida y nuestros recuerdos acaban palpitando en nuestro alma como notas que componen la melodía del vivir. No podemos predecir el guión, el corazón late desbocado buscando su irremediable felicidad que lo llama desde allá donde habite. Por ello, las personas son guiadas por ese reclamo del vivir y cuando se equivocan de dirección su alma se revela y se desata en forma de dolor y frustraciones.

El corazón es tremendamente egoísta. El reclamo de felicidad es tan intenso que lo que uno da a veces necesita ser devuelto. No ya necesita de un dar adicional, sino de una devolución de lo entregado. El corazón se defiende ante la negativa a ser feliz con rencor, reproches y odio. Es capaz de lo más bello y de lo más horrible.
Todo el mal que genera es un método de autodefensa, de escapatoria, de necesidad de cambio de rumbo. El dolor, el rencor, los reproches y el odio no es sino una señal de nuestro corazón para cambiar irremediablemente de dirección. Nos indica por dónde no se encuentra nuestra felicidad.
Por este motivo, no hay bien sin mal ni mal sin bien, el todo hace uno y nosotros vivimos en ese inmenso todo.
Un fuerte abrazo.