
Mi amor de verano llegó por julio,
cuando el sol comenzaba a salir y el viento, en el sur,
parecía tranquilo.
En medio de las cigarras de la noche,
mirando a la luna tras el fuego,
cortando el aire contigo a mi espalda abrazada.
Aún recuerdo las espigas moverse
y tú colocando tu pamela, pensando qué sería del ayer,
un ayer tan cercano como impensable,
un invierno que dejamos atrás
y que entonces parecía ya olvidado.
Se abría un nuevo camino,
contigo sonriente junto a mí,
hundiendo los pies descalzos en la arena
y soñando que podíamos cambiar la vida.
Fue perfecto, tú sentada, yo mirándote,
cuántas horas dedicadas a explorarnos ya sin miedos,
en la playa o en el río, sentados en el césped
o desnudos en el agua.
Pedaleamos tanto por aquellos caminos...
cómo gritabas del miedo a caerte,
yo aferrado a tu inocente juventud,
tú con los brazos abiertos,
mirando con pasión al futuro,
sonriendo a una vida llena de ilusión y posibilidades.
Cuánta magia nos rodeaba,
tú abrazada a mis sueños y yo a los tuyos,
tirada encima mío, besándome hasta arrancarme el aliento,
y aquellas peleas por cualquier tontería.
Amor de verano que vino vestido de blanco,
lejano, pausado, sutil.
Va conmigo allá donde piso,
pues no hay nada como el sol de la tarde
y no habrá nada como aquellos ojos teñidos de azul.