viernes, 8 de enero de 2010

Arquitectos del Infierno

Las siguientes fotografías tienen un autor: John Moore, fotoperiodista de Getty Images




Hay veces que las personas deciden separar a otras de sus seres queridos, los matan, los confinan a pasar el resto de sus días en un ataud y le dicen a sus familiares que ya nunca podrán verles de nuevo. Sin embargo, intentan reconfortarles de alguna manera, les cuentan lo valientes que fueron, lo mucho que lucharon y lo orgullosos que estaban de ellos. Aquellos que les quieren deben pues renunciar a abrazarles por ir a llorarles a donde nisiquiera pueden ver su rostro, a un lugar donde intuitivamente piensan que descansa, donde ahora hay sólo césped y un trozo de mármol que recuerda su nombre.

Esto hacen aquellos que construyen planes militares y que justifican los medios con un fin utópico que no hace más que enmascarar su codicia y les aparta del miedo de reconocerse como asesinos.

Son los arquitectos del infierno, mitómanos que arrastran a otros aprovechando su voluntad y la direccionan hacia su propia destrucción en favor de un objetivo inmoral, carente de estructura ética, platónico y romántico. Así consiguen el dolor en otros como daño colateral, sin más repercusiones que sus lamentos que pronto se camuflan con el aire y permiten continuar con la guerra.

(...)



Apenas podía prestar atención a unas noticias que no dejaban de recordarme lo que por desgracia sabía había ocurrido y renunciaba a creer, no veo nada maldita sea, qué diablos es, intenté borrar con mi manga la suciedad de la luneta delantera pero no hubo forma, no era vaho sino una mezcla de polvo, humo y aire putrefacto que empañaba por fuera el cristal. Subí la ventanilla y mi coche iba llegando allá donde la radio me indicaba había sucedido, quítese de enmedio!, hey, qué hace!, mi coche zigzagueaba entre los escombros, la gente, la policía y la niebla. Mis pensamientos tornaban cada vez más angustiosos, ella era todo cuanto tuve, cariño espérame ya llego, Dios, aceleré aún más mientras el fuego de las explosiones aún carcomía algunos edificios, mi mujer y mi hijo estaban en la calle cuarenta y dos, tenían que estar ahí. Cógeme el teléfono, cógeme el maldito teléfono, cariño. No dejaba de golpear el volante, pareció ver algo a la derecha por lo que tuvo que bajar la ventanilla, tapaos la boca con las telas húmedas, hacedlo maldita sea, los niños nerviosos miraban por las ventanillas asombrados desde el asiento trasero, dónde ha ocurrido?, a quinientos metros pero no está permitido el acceso, señor! no está permitido el acceso!. Las ruedas chirriaban hasta aproximarse y pronto tuvo que frenar. Su mirada se clavó en el asfalto, sus manos no se movieron del volante, los niños callaron en una especie de silencio amargo que inundó sus ojos de lágrimas, apenas vibró la boca pronunció su nombre. Renunciaba a creer lo sucedido, la agónica realidad culpaba a otros del desolador escaparate en el que se había convertido su coche. A sabiendas de lo que ya era una evidencia y sin apagar el motor su mano izquierda posó en la maneta de la puerta y sus dedos se agarraron a ella tan fuerte que pronto enrojecieron. Quedaos en el coche, no os mováis.

Giró por completo el agarrador y puso un pie en el suelo mientras miraba su vida anterior sobre el asfalto, a su alrededor sólo había un silencio tan próximo a la muerte que pensó en acabar con su vida. Sus brazos apenas reaccionaron, sus ojos fijaron su mirada en lo que segundos antes negaba aceptar, su garganta resecó mientras sus lágrimas parecían fluir en su interior hasta colapsar su pecho, qué es esto, qué han hecho. Toda su vida, sus mejores momentos pasaron ante él, ahora estaba solo, de todo le habían despojado injustamente, violentamente. La rabia y la impotencia colmaron sus venas que apenas podían dejar fluir la sangre. Frío, a pesar de su cazadora sentía frío y todo tornó insípido, inoloro, estático. Los sonidos de las ambulancias y la policía parecían retumbar en un segundo plano mientras la escena lo sumergía en una especie de burbuja temporal y espacial aislada del mundo.

Entonces movío sus pies y sus piernas tuvieron que elevarlos más de lo cotidiano para evitar pisar los cuerpos, qué han hecho, y subí los brazos dejando que mi cuerpo extrajese ese torrente de sensaciones que yo era incapaz de entender ni asimilar. Fue una sensación de placer en medio de la angustia y el sufrimiento, una extroversión de dolor sin conciencia de mis movimientos, de mis gestos, de mis gritos. Mi cuerpo se estiró por una necesidad interior, desesperado ante la acumulación de ansiedad y pena. Tan pronto liberé mi alma del fuego del infierno, caí de golpe en el suelo enfrente de ellos, los que un día estuvieron conmigo y ya no lo estaban, lo poco realmente extraordinario que me quedaba en la vida. Mentalmente perdido, desconsolado, aislado de cualquier otro pensamiento que no les implicara a ellos, con los lagrimales desbordantes, mi boca desconsolada, mis dedos tensos y nerviosos. Mis yemas tocaban las suyas y después mi boca, mis ojos reconocían la que fue su última mirada, una mirada de pánico y ahora en paz, sabe Dios dónde. Me culpé de mis errores en vida, de aquello que pude hacer y no hice, de todo aquello que les negué, mas ya era tarde para remediar el pasado, pronto iba tomando conciencia de la magnitud de lo sucedido.

Fue el fin de la mejor parte de mi vida, el momento más amargo y austero. Fue lo que trajo la guerra, a mí y a muchos otros, de los que seguro hoy ya casi nada queda.

jueves, 7 de enero de 2010

Dignidad



Cuando el silencio parecía prolongarse hasta el infinito su voz reverberó en los cristales de la ventana, con sus ojos mirando hacia otro lugar más allá del horizonte, el sol ya poniéndose y el reloj sin pausa avanzando. Hijo, tengo que contarte algo. Vino a él y se acurrucó a su lado mientras con sus brazos se abrazaba a su padre como aquel que intuye la muerte. Sus ojos quebraban en lágrimas que se resistían a evaporarse en el aire, los violines del vinilo sonaban como testigos de su testimonio. La vida no es como te la imaginas, no todos los lugares son iguales. Hay sitios donde la vida no tiene importancia, donde no tiene valor ni sentido y el morir no impone, no da miedo, porque se muere desde que se nace y la muerte no es un destino sino un camino. Hijo, la felicidad que tú sientes otros la ignoran porque en su morir no tiene cabida, viven adscritos a un dolor permanente y remanente desde que nacen, son conscientes del mañana pues lo ven en sus compañeros de viaje día a día, no entienden del amor como tú ni saben del placer porque nunca lo han sentido. Son testigos directos de lo que será su vida, o su lenta muerte, pues no hay diferencia entre unos y otros, son cuerpos que vienen al mundo y pronto se irán sin mayor importancia, sin huella alguna, sin nombre, sin raíces y sin destino, sin una causa, sin un fin, sin dolor pues de eso apenas queda. Yo he visto a esas personas o más bien, trozos de carne y hueso que vagan errantes y confinados en la cárcel del mundo, acurrucados en rincones de escombros que, como la basura, esperan ser tirados a donde el sufrimiento no existe, agonizando ante la mirada de otros cuya labor consiste únicamente en limpiarles del suelo antes de que se pudran.



Hijo, la vida no es para muchos como tú la percibes. La vida a veces es un lento avanzar que nostálgicamente nos invita a no haber nacido y desde muy chicos nos lleva cautelosa hasta la muerte, un lugar donde nos espera un descanso eterno, un paraíso desconocido y una felicidad placentera, un sentimiento tan hermoso que hacia él caminamos, desnudos y tumbados, acurrucados. La vida a veces nos cautiva con su dolor de tal manera que pronto aprendemos a minimizar las fuerzas quedándonos quietos en el suelo, mimetizándonos con la tierra, el lugar donde un día descansaremos en paz y donde ya no existirá la muerte porque tampoco existirá la vida, sólo la nada y el armónico sonido del silencio. Sus labios vibraron. Dame tu mano.

La noche no es como tú la ves y el sol no es tan hermoso como te lo imaginas. Los amaneceres y los atardeceres para muchos no existen al igual que no existen los colores, ni las texturas, ni los sabores. Las melodías como tú las entiendes no tienen cabida en sus oidos y las notas se sustituyen por vibraciones instintivas de un aire colapsado por el terror, por el miedo y por la frustración. No entienden ni dan importancia al futuro, ni al pasado, ni al presente, sus pensamientos pronto son sustituídos por el instinto, por la miserable necesidad de permanecer con vida hasta que sus fuerzas comienzan a fallar y, quietos, agónicos y temblorosos, dejan reposar su cuerpo óseo y marmóreo sobre un suelo que olvidó hace tiempo lo que es la compasión. Hay personas que, al contrario que tú, no les da miedo la muerte hijo, tampoco el hambre ni la soledad, pues no conocen otra cosa, nacieron expuestos al castigo más abominable.

Hijo, la tierra no da por igual a cada uno, la energía que hoy se nos da mañana ha de devolverse. Unos nacen donde la energía abunda más y otros donde apenas existe, son el reducto de lo poco que queda y que pronto se marchitará, son la arena del desierto que apenas tiene agua y pronto se la lleva el viento, donde no es posible la vida y donde si una vez surge, pronto desaparecerá. Sin embargo, aquellas personas de las que te hablo, hijo, son como tú y yo, pero con almas sin suerte. Son personas que, pese a sentir la muerte en vida, pese al dolor y al sufrimiento, aún tienen lo más valioso de este mundo.

Dignidad.

Cruz de violetas



Nada le intrigaba más a Vasili que la suculenta tormenta de palabras y frases, escritas en prosa, sin fin, eternas, que parecían no acabar nunca retornando una y otra vez a su mente en forma de bellas metáforas, cuales bellos rayos de luz, al calor de su sofá, al placer de su ventana, a la misteriosa esencia del amor por la lectura. Aún parecía recordar todas esas palabras enredándose entre sí, formando entre ellas bellos párrafos que a sus ojos contenían forma, métrica y ritmo, sin duración determinada ni apenas añadidos, aquellos que una vez le anclaron durante horas, días y a veces semanas al mismo rincón de su habitación, ignorando casi el comer, el dormir y el ir a la escuela, leer por leer, por el placer de una historia bien contada y articulada, sin saber cuándo acabaría y donde un punto significa el final de un motivo y el comienzo del siguiente.

Así, como aquel que lo probó y aún siente en la boca su sabor, su dulzura, se acercó a la estantería y tomó el único libro que durante mucho tiempo había deseado, recordando a su madre horas antes decirle como alma que lleva al diablo, no tardes mucho en levantarte que debes ir a la escuela, recuerda que tu profesora ya nos ha advertido que no tolerará más ausencias, pero qué sabía nadie, qué entendía nadie de la pasión que sentía entre sus dedos al abrir aquellas tapas, respirar aquel olor a tinta impregnada que parecía dulcificarse a medida que avanzaba la novela, como si fuese perfume de la mujer más bonita de la tierra, cual una flor recién regada. No, nadie lo podía entender, sólo Vasili, por eso abrió aquel libro, se sentó en su butaca e, ignorando a su madre, a su profesora y al mundo entero, comenzó a leer.

Sucedió que hace mucho tiempo, cuando la gente aún sentía el dolor de una guerra que parecía no acabar, había una niña rechoncha, no muy alta, con unos ojos vivaces y de mirada penetrante, mal vestida y de carácter agrio a ojos de todos, que al igual que su familia vivía en condiciones extremas, pasaba hambre y apenas se duchaba. Sus días consistían en sobrevivir a una vida impuesta, sin alicientes ni recompensas, donde nada se regalaba y lo poco que uno tenía pronto se le quitaría, una niña que conocía el terror, el llanto y la violencia de unos que, sin aparente razón ni argumento, intentaban exterminar a gente como ella, no de su estatura ni de su color de piel, sino como ella. Judíos.

Ya a corta edad aprendió que era distinta, diferenciaba con quién podía relacionarse y con quién no, cómo debía de vestir, cuándo y ante quien agachar la cabeza, ante quienes disculparse sin importar el motivo y cómo el maltrato físico no era un castigo sino algo necesario para los de su raza, que según oía entre los hombres blancos y uniformados, nunca debía de haber existido. Con el tiempo aprendió a llorar cuando el dolor no era muy intenso, para así acabar pronto y no llegar al final que tanto amargaba, cuando apenas podía levantarse y sus ojos apenas podían enfocar las baldosas del patio mojado, truquillos que le contaban otros, pero ella bien sabía que un día llegaría el final, "cuando menos lo espere" le repetía a su compañero noche tras noche, un final que al igual que ella lo esperaban todos, mujeres y hombres, jóvenes y mayores, pues estaban ahí por la misma razón, por el mismo delito.

(...)

martes, 5 de enero de 2010

Madrid

Valoramos lo que tenemos con mayor intensidad por negación, por privación o por introspección. Si bien empiezo a asumir que parte de la población española no tenga ni pajolera idea de su cultura me corroe las entrañas el tener que asumir, de manera adicional, que las personas no son conscientes de sus raíces y de la evolución vital de sus últimas generaciones. ¡Cómo vamos a ser capaces de entender y valorar lo que tenemos si no somos conscientes de lo que tuvimos!

Mi abuela Lucía murió en el año 1989 a la edad de 69 años -cuando aún yo era joven-, por tanto nació en el año 1920. Su madre, es decir, mi bisabuela, nació en el año 1892 y murió a mitad del siglo XX. Y no prosigo para que observéis con detenimiento mi razonamiento en un breve espacio temporal.

Por regla general, una persona en vida dura alrededor de los 70 años. Esto es casi un siglo de existencia. Bien, remontémonos a la etapa de mi bisabuela cuando estaba a punto de tener a mi abuela, tan sólo 100 años atrás, a principios de siglo XX. Yo nací en Cuatro Caminos, en pleno Madrid, y toda mi familia era de Madrid capital. Por tanto, soy castizo, sí señores, auténtico de pura raza.

Esto que véis aquí es la Glorieta de Cuatro Caminos en el año 1913 (hace tan sólo 97 años!!):



Sí, lo que se ven ahí son diligencias, efectivamente. Y si nos remontamos a la época de la posguerra española parece que las fotos están sacadas de alguna superproducción americana de Hollywood pero no, son la mismísima realidad de un Madrid del que no hace tanto recordamos esto:



Efectivamente, hace no llega a 70 años, en la Gran Vía había nazis con sus banderas.

Pero... ¿y si nos remontamos a la etapa de mi tatarabuela? ¿tampoco es tanto, verdad?

1874, Las Ventas:



No había nada alrededor de las Ventas, tierra, campo. Se llegaba a caballo. Para valorar lo que tenemos es necesario entender lo que tuvimos, por eso es importante la historia. En apenas 100 años se ha construido una ciudad entera, con su arquitectura, infraestructuras. Y los niños de hoy, nacen con un móvil en el bolsillo sin pararse a pensar que apenas cien años, un breve intervalo de tiempo, miembros de su familia iban a caballo y Madrid era en su mayoría campo. No lo valoran, porque no lo ven, porque no se les enseña. No es su culpa, es la nuestra.

Bien, sigamos. Puente de los Franceses, 1862:



Puerta del Sol, 1877:



Qué bien se vive hoy en día con la única idea de irse a la Puerta del Sol a emborracharse por Nochevieja, verdad? Y luego, volviendo a casa, tendremos que soportar a algunos que otros inaprensivos quemando algún contenedor. Porque, por si no lo sabéis, esta Nochevieja el 112 ha recibido más de 300 avisos de trifulcas según El Mundo. No se valora lo que tenemos, no lo cuidamos, porque no lo conocemos y no se sabe el esfuerzo que llevó el gestarlo. Por tanto, no importa el ensuciarlo, el descuidarlo, el dañarlo...

Plaza Mayor, 1895:



Gran Vía, 1912:



Gran Vía, 1929:



Gran Vía, década de los 50 (antes se llamaba Avenida de Jose Antonio):



Apenas 80 años la Gran Vía, algo tan cotidianamente conocido por la mayoría de los españoles, se estaba construyendo. Y hoy, es común ver a la gente quejándose porque no hay las suficientes papeleras, porque Madrid siempre está en obras, porque entierran la M30, por... Probablemente, de lo que hacemos hoy disfrute, pasados 60 años, nuestros nietos tampoco lo valorarán si no les enseñamos lo que tuvimos.

Por si fuera poco, no sólo es normal escuchar todo tipo de barbaridades hacia aquellas personas que construyen nuestro Madrid sino también es típico, cotidiano, aconsejar a nuestros hijos e hijas que no frecuenten lugares típicamente madrileños un sábado adentrada la noche. ¿Qué narices está pasando?

Y que conste, por supuesto, que yo también me quejo mucho de mi Madrid. Tanto me he quejado que he llegado incluso a detestarlo. Pero más bien, siendo sincero, es la rabia de quien ve cómo su ciudad va poco a poco degenerándose.

Yo adoraba hace años el Madrid de los churros y las porras los sábados por la mañana, el Madrid de las cafeterías abiertas y de las que no te echaban en horas. El Madrid de la vuelta ciclista por Bravo Murillo los domingos por la mañana. Pero me acabé cansando. Acabé cansado del ambiente, de pasear un viernes por la noche por la Plaza de la Cebada y tener que andar por la carretera porque en la acera estaban orinando. De no poder ir a tumbarme tranquilamente con mi novia en el Parque de la Bombilla por la delincuencia que había. De observar la inmensa inmigración existente en Cuatro Caminos que cambiaba por completo el estilo de vida, las tradiciones, la cultura subyacente de la ciudad.

Y una foto más para el asombro de quienes no conocen su España.

Zeppelin sobrevolando la Gran Vía, 1930:



¡Y este es el Madrid de nuestras generaciones! El Madrid de nuestros abuelos, de nuestros tatarabuelos, de nuestros jóvenes padres. Estas son las condiciones de vida, el día a día de nuestras familias, de nuestras raíces. Esto es lo que hemos sido, de lo que partimos y la semilla de lo que hoy en día somos. ¿Cómo vamos a ignorar nuestra historia? No podemos ignorar al Madrid de la República, a nuestra horrible Guerra Civil, a la España de la posguerra -desolada-, a una España que veía cómo el mundo se mataba en una Guerra Mundial y que mientras ella, sumida en la más absoluta de las pobrezas intentaban salir adelante abrumados por la triste estampa de aquellos que se matan entre ellos. No podemos ignorar a la España de Franco porque es nuestra historia. No podemos tirar estatuas por su significado político, forman parte de nuestra España querida, de nuestras raíces y, queramos o no, somos lo que somos por lo que hubo atrás no por lo que vendrá. No podemos olvidar la etapa de la transición española, de figuras como Adolfo Suárez, como Felipe González. Son historia. Alejémonos de ideas políticas, esto no tiene nada que ver. Al igual que nuestra etapa socialista forma parte de la historia también la popular. Son etapas que cambiaron a nuestro país, que lo hicieron avanzar, retroceder y reconstruirse. No podemos olvidar la Monarquía.

Y por supuesto, no podemos olvidar, que lo que tenemos tiene un valor y hemos de cuidarlo, hemos de preservarlo. No podemos ignorar a nuestros antepasados,a su forma de vivir, sus costumbres, sus tradiciones... es nuestro Madrid y es nuestra España, la España que nos vió nacer y que nos dió cobijo.

Qué será de Madrid con los años, ¿son estas las manos que lo cuidarán?

¿o que lo maltratarán?


Buen martes,
Daniel.

lunes, 4 de enero de 2010

En pelotas



Cuando por aproximación intentamos generar una imagen del tú a partir de experiencias pasadas de nuestro yo no estamos haciendo más que recomponer un cuadro a partir de brochazos impresionistas que, desde lejos y entrecerrando los ojos, puede llegar a simular una realidad acorde a numerosas expectativas. Las almas vagan errantes tratando de posarse y entender las almas amigas, cercanas e incluso olvidadas. Creemos poder comprender el pensamiento y sentir ajeno como consecuencia de nuestra propia estupidez, nos hedonizamos con el fin de dar valor a nuestro aún pobre conocimiento de la esencia humana. Cuando esto ocurre, es momento entonces de delimitarnos a nosotros mismos, de barrer nuestra estancia, de medir nuestro conocimiento por comparación y salpimentarnos con una buena dosis de humildad.

El grado de satisfacción generada a partir de una imagen dibujada del tú como extrapolación y aproximación de nuestro yo vendrá delimitada por el conocimiento que la otra persona tenga de sí misma. Así, una persona que fácilmente se impresiona ante nuestra sobrecogedora empatía deberá poner en tela de juicio su propio autoconocimiento. ¿Quién va a atreverse a dibujarme si ni siquiera yo, tras años de existencia, logro aún apreciar quién soy en mi totalidad? Si mi eterna lucha por mi autodescubrimiento depende en gran medida del descubrimiento de la esencia del vivir.

Cuanto más avanzan los años, más absurdo y complicado me parezco, y me pareces, por muy simple que aparente ser y seas al ojo ajeno. Y aún así, hay algunos que valientes se arriesgan a dibujarme con unos cuantos brochazos. Me río yo, de mí mismo. Y de ellos también.

No estoy loco, sino asombrado. Y pese a todo sé y entiendo que no tengo camino. Hay personas que, gracias a un misterioso don tienen perfectamente claro por dónde navegar, aparentemente sin rutas de navegación... Yo por el contrario soy un nómada. Hoy me veo aquí/así, mañana me veo allí/asao. Llevo arraigada en mí la esclavitud del asombro continuo ante lo misteriosamente descubierto. ¿Qué sé yo lo que seré mañana? Sigo mi senda inventada, que no camino; la senda de la curiosidad. Y cuando llego a un destino que no me gusta, rectifico, ¡las sendas pueden gestarse, el camino se hace!

Exploro desnudo con la única coraza de mi buen gusto, o al menos eso me gusta creer. Forjo paso a paso mi criterio e intento que éste sea maleable. No me gusta lo rígido, lo estático, lo inamovible. Me gusta lo flexible, lo dúctil, lo exfoliable, lo reciclable. Me gusta la solidez, eso sí; sentir el aplomo de lo hasta ahora generado. No soy un escultor, mi obra va generándose misteriosamente. El escultor no tiene vuelta atrás, sabe que un golpe rompe deliberadamente el mármol con una determinada forma y precisión.

Lo cortés no quita lo valiente, ya se sabe. Soy un nómada flexible y sólido, curioso, ¡asombroso!

Cuánto valoro a las personas que saben cómo piensan hoy y cómo pensaban ayer pero se mantienen abiertas a la evolución personal. Aquellas que contínuamente replantean su persona, que desmenuzan y diseccionan, cual hábil forense, su propio ser. Lee, explórate, comparte, indaga. ¿Sabes cómo eres? Mentira.

Amo lo sencillo porque es fácilmente asimilable, porque es directo, porque no tiene misterio, porque hace mi vida agradable, soy perezoso, ¿qué le voy a hacer?. Más me atrae lo complicado, lo oscuro, lo innaccesible porque dota a mis días de pasión, de asombro, de ilusión, de proyección.

No soy sencillo, soy complicado. Y no me conoces, al igual que yo a tí tampoco, mas qué hermosa la búsqueda. Dios, si hay, me libre de encontrar lo que busco y me libre de no encontrarlo jamás.

Quiero morirme buscando aún, con mis ojos abiertos, con el alma abierta, con la ilusión de un niño y la pasión desbocada del más sabio ignorante. En pelotas.


Buen lunes.
Daniel.

Una europa ya olvidada



Lo que voy a contar no es nada nuevo. Ya en los primeros años del siglo XX podía encontrarse este sentimiento en la Europa central tal y como lo muestra Stefan Zweig en el segundo capítulo de su autobiografía. Curiosamente ahora se perciben las mismas sensaciones en circunstancias muy distintas a las de antes, previas al holocausto.

España en los últimos cien años ha soportado varias fases que la han hecho tambalearse y también progresar. Hemos pasado una república, una guerra civil, dos guerras mundiales, una dictadura, una transición y finalmente una monarquía parlamentaria. Una persona que cumpla hoy los cien años recordará su vida como varias fases diferentes sin casi conexión alguna. Y es que los últimos cien años para Europa han sido etapas en las que todos hemos debido de parar para arrancar de nuevo, olvidando lo que atrás quedaba. Este completo renacer y autoinventarse contínuo ha provocado que los europeos recuerden su Europa pasada como una "Europa anterior a", de la que ya casi nada queda. Ha sido la Europa de la inestabilidad. La seguridad y la estabilidad no estaba a la orden del día sino que lo que hoy se tenía podía desaparecer mañana sin previo aviso. El amor, la pasión y la cultura de hoy podían aniquilarse a manos de los mismos hombres que la gestaron...

Los diversos modelos de sistema que arrasaron Europa y que también la construyeron evolucionaban e involucionaban contínuamente. Esto ocasionaba que tan pronto la humanidad retrocedía moralmente mil años de historia como avanzaba técnicamente otros mil años. En medio de ese inmenso desorden la población tuvo tiempo, a costa del horror, del dolor y también de las riquezas puntuales, de encontrarse a sí mismos y explorar el lado más sensible de la existencia. Pagaron el precio, sin duda alguna.

Como consecuencia de la propia inestabilidad de los sistemas vigentes, el contínuo reciclaje y la atractiva búsqueda del poder el sistema educativo se resintió. La sociedad y sentir general de Europa quedaba de manifiesto en las aulas de los colegios e institutos. Aquellos que conseguían acceder a una educación debían de enfrentarse a un esquema educativo poco estimulante. Los niños parecían seguir patrones estándar y en las aulas, como bien relata Zweig, se respiraba un olor a podredumbre tan típico de los edificios antiguos, austeros y sobrios. Aquellos cubículos hacían llegar a los alumnos la sensación de "tener que" educarse al igual que otros lo habían hecho previamente a ellos mismos y al igual que otros lo harían pasado un tiempo de igual manera.

Esto se ha venido reflejando de una manera bastante próxima en los últimos cuarenta años del siglo XX, en la España del final de la dictadura, la España de la transición y la del comienzo de la Monarquía.

La educación consistía a grosso modo en un periodo de la vida en el cual las personas debían recibir algo que venían a llamar cultura pero que en nada se aproximaba a lo que realmente importaba aprender de cara al futuro. Unos conocimientos básicos de supervivencia, unos años en los que "había que ir" a la escuela. Unos años en donde la vida de los niños se resumía a cargar con su mochila y su merienda e ir a un colegio donde debían de sentarse durante bastantes horas en pupitres de madera que destrozaban la espalda mientras alguien, que venía a calificarse como maestro, emanaba de su boca guiones previamente establecidos por un conjunto de personas que dictaban cómo debía educarse a los españoles.

Años improductivos de los que poco quedó y poco se aprendió. Durante los mejores años de la vida de las personas, durante aquellos años donde todos estábamos en la flor de la vida, cuando éramos esponjas... sacrificamos nuestras valiosas fuerzas por un esquema educativo impuesto, tristemente impuesto. Así pasaron los años y los pequeños, ya no tan pequeños, salían de la escuela. Se enfrentaban pues a un mundo que mucho difería de lo que habían estudiado y poco habían aprendido. Debían construirse de nuevo. Años encarcelados a un banco de madera donde se recibían charlas soporíferas de los profesores y donde sólo algunos, más bien pocos, despertaban en los niños dosis momentáneas de estimulación cultural, quedaban atrás...

Atrás quedaba el recuerdo del profesor sobre la tarima, a modo de pseudo-dios de una inventada religión que llamaban sistema educativo. El profesor arriba, los alumnos -flores a punto de abrirse, el futuro- abajo. Se rompía con esa perspectiva el mismísimo sentimiento básico de igualdad que debería imperar en la población. Marcaba perfectamente cuál era el sistema que iban a sufrir en el futuro, a su salida. Un sistema donde unos estaban arriba y otros abajo y donde poco podía hacerse para cambiarlo.

Esperas en los pasillos castigados, escrituras en la pizarra con el único afán de malgastar nuestro maravilloso tiempo de juventud, clases en las que el dormirse era inevitable, paseos por el comedor en fila india esperando nuestro turno para que cargaran en nuestros platos la comida del día -de todo menos sana- y que bien recordaba a aquellas escenas de presos en la cárcel de las películas antiguas...

Pocos libros que leer y los obligados, poco productivos. ¿El resultado? Personas con una de-formación a la salida de un colegio volviendo a casa sin un conocimiento mínimo de la sociedad en la que vivían, des-culturizados, pero con el Padre Nuestro aprendido de memoria y mentalmente desgastados de tanto rezar a la entrada y a la salida del colegio. Y ay madre mía de aquel que se le ocurriese rechistar a la hora del rezo!

Al igual que se intentaba controlar la educación de una manera tan nefasta de igual manera se intentaba tener control sobre una formación moral que más que asimilada, era dictada e impuesta. Y como la prohibición sólo genera deseo no se fomentaba más que la irrefrenable necesidad de la trasgresión de las normas. Los agazapados por el medio parecían dibujados en serie y los que se arriesgaban a "enseñar" más de la cuenta, se enfrentaban al castigo de quien ha renunciado al "patrón impuesto y querido por todos".

La televisión controlada en su calidad moral y con un trasfondo político no menos que visible. Los productos diarios de consumo, los anuncios publicitarios, la ropa austera...

Y de ahí, de toda esa imposición y toda esa incultura impuesta, se pasó progresivamente al extremo opuesto. Al exceso de libertad, a la obscenidad, al todo vale, a la falta de cultura por el placer de la pereza.

Comenzamos a creer que todo avanzaba. Aires renovados en lo político, en lo social, todos ganaban. Estaba claro, se vivía mejor. Pero no se asumía el coste cultural, moral y social que conllevaba tal libertad. Personas mejor preparadas, con una mejor formación pero con un sentimiento generalizado de ocaso de una civilización.

¿Qué pasaba? Nadie lo sabía y aún hoy ese sentimiento fluye en los textos de los intelectuales del país. El sentimiento del derrumbe de la cultura en pro del placer.

Atrás quedaban horas de esfuerzo y sacrificio. Comenzaba a sentirse un añoro de la etapa pasada, tan sentida. Las horas en aquellos pupitres deformadores de espaldas parecían brillar como una etapa donde, aunque la educación recibida no era formidable, se estimulaba el sacrificio como el camino hacia el progreso.

Atrás quedaba lo malo para ennoblecer lo bueno que se recibió. Comparado con lo actual, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Hemos pasado a presumir de una Europa que la mayoría de los españoles no conocen. No conocen su historia, su arquitectura, sus cimientos, su forma. No conocen su literatura, su música, sus instituciones. "Estamos en Europa", es lo único que sabemos según podemos comprobar entre un espacio televisivo emitido entre dos programas del corazón que según comentan, se llaman "noticias".

Olvidados ya casi de nuestro país, de su historia, pasamos a hacer relucir una Europa olvidada, casi más que la madre patria.

¿Dónde están los libros imprescindibles?
¿Dónde están los estímulos educativos?
¿Dónde están las ganas de aprender?

Cuánta razón tenía Zweig al hablar de la necesidad de cultura por el pueblo austriaco a principios de siglo. La incalculable competitividad estimulada por el ejemplo.


Un abrazo.

domingo, 3 de enero de 2010

Confianza



Las personas acaban siendo egoístas como una medida de autodefensa ante el dolor. Este suceso se basa puramente en la confianza subjetiva percibida.

Es curioso cómo el nivel de confianza máximo que desprende una persona es en los primeros años de vida. Nuestra poca experiencia vital nos hace entregarnos con una fe infinita a nuestros padres en busca de protección, alimento y calor humano. A medida que avanza el tiempo y vamos haciendo uso de razón nos vamos entregando progresivamente a ciertas personas que nos van causando dolor en distintos grados. Este dolor nos hace autoprotegernos con el único arma que nos aisla de los demás: la desconfianza. Y ésta, a su vez, genera egoísmo.

El cómo romper esta coraza en las personas es sumamente difícil. Así los contactos entre personas muy experimentadas tornan a muy superficiales inicialmente. Se propicia el correcto y adecuado fluir de una relación sin acelerones ni frenazos bruscos, todo a su debido tiempo.

La mayoría de las relaciones entre personas acaban en el área de reciclaje debido a un ritmo inadecuado, a un forzado innecesario de los acontecimientos, a la falta de paciencia y a la falta de virtudes.

No obstante, como en los primeros años, las personas se cogen confianza por el ejemplo. ¿Quieres educación? Sé educado. ¿Quieres paciencia? Sé paciente. ¿Quieres recibir amor? Da amor. ¿Quieres sinceridad? Sé sincero.

¿Quieres confianza? Emana confianza.

Un abrazo gente!
Feliz año nuevo!
 

Fotografos de Bodas - Daniel Colleman

http://www.squidoo.com/daniel-colleman-fotografos-de-bodas

Fotografo de bodas